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Marisa Pugès

22/4/12

Traumatismo social: memoria social y sentimiento de pertenencia. Janine Puget




La inscripción en la mente y en los vínculos de los traumatismos sociales
representa un desafío teórico para el psicoanálisis.
Enfrentar este desafío puede llevar a descubrir un nuevo saber y así poder responder más adecuadamente a los problemas planteados por la clínica actual; tal vez también sea nuestra manera de participar desde el psicoanálisis a la transformación de un malestar social a fin que la historia no se repita.
Al ocuparnos de estos temas constatamos que nos plantean cuestiones teóricas y prácticas que superan las teorías concebidas para comprender el funcionamiento de un aparato psíquico individual.
Estas teorías fueron pensadas para comprender las producciones psíquicas de un sujeto individual, para el cual las escenas vividas en sus primeras relaciones de objeto, su vida pulsional y el simbolismo nacido de la falta serían fundamentales.
Pero tener en cuenta que no sólo existe la realidad forjada por las fantasías y la vida pulsional, sino que hay otra, aquella construida como efecto de la presencia de dos o más sujetos y del sujeto en un conjunto que le imponen recíprocamente y alternativamente unos a los otros su ajenidad exige nuevas formulaciones.
Para que el otro conserve su cualidad de otro los componentes inasimilables e irrepresentables a los cuales llamo “ajenidad” y “alteridad” 1 son fundamentales: éstos son los que sostienen la 1 La diferencia entre ajenidad y alteridad proviene de la necesidad de reconocer que el concepto de otro contiene diversos aspectos o posibilidades de ser pensado. En ambos casos,
distancia necesaria para que haya vincularidad. La ajenidad para la constitución de la subjetividad social tiene una particularidad y es la de imponer sentidos a grupos sin forma, a conjuntos a partir de mecanismos tendientes a disminuir la angustia proveniente de la percepción de la cualidad inasible de un conjunto. Se trata de una zona de inconsistencia tal como la definiera Badiou.
Este planteo proviene de una reformulación teórica compleja según la cual se otorga un status teórico a la subjetividad vincular, sea ésta social o familiar, y se la diferencia de la singular 2. Ello hace factible encarar al psiquismo, o sea a los actos que lo constituyen, no sólo desde la vertiente intrasubjetiva, sino desde una vertiente intersubjetiva: espacio virtual dotado de una potencialidad
que proviene del tener en cuenta el efecto de presencias mutuas donde la singularidad necesariamente va siendo ubicada en un afuera del vínculo constituyendo parte del inconsciente vincular. La vertiente intersubjetiva tiene como eje central la alteración-perturbación permanente a la cual todo vínculo expone reconociendo que un sujeto se crea en cada uno de sus vínculos y
por ende en cada contexto. Estas ideas conducen a instituir el vínculo en tanto entidad teórica diferente a aquella habitualmente conocida como relación de objeto intrapsíquica o intrasubjetiva.
Dar un status específico a los traumatismos sociales lleva a ubicarlos en la vincularidad e introducir un término que permita dar cuenta de lo que implica estar en una estructura vincular. En consecuencia propongo incluir la constitución del sentimiento de la ajenidad y la alteridad se refieren a aquello no asimilable por un sujeto por ser fundamentalmente diferente e incompatible. La alteridad se refiere a la existencia de una diferencia compatible, como la que es oficialmente reconocida por el psicoanálisis y se basa en la diferencia de sexo. Mientras la ajenidad lleva a reconocer o sufrir las consecuencias de una diferencia radicalmente incompatible pues el otro contiene elementos incomparables que lo invisten en tanto desconocido. La alteridad da acceso a una articulación armoniosa de algún tipo entre dos o más sujetos, mientras que la ajenidad pone en relación elementos incomparables y requiere un trabajo sobre la diferencia que sólo se puede realizar a partir
de un acto creativo. En un caso podemos pensar en términos de complementariedad, en el otro podremos pensar en términos de suplementariedad. La cuestión de la alteridad, de lo discordante, de la suplementariedad y de lo heterogéneo desplaza hoy para los psicoanalistas
la coherencia por la imposible articulación de lo heterogéneo mientras que se podría concebir que a comienzos de siglo se trataba sobre todo de hacer algo con articulaciones posibles que tendían a la armonía y a la integración.

Con Berenstein hace ya varios años que estamos intentando sentar las bases de un modelo de psicoanálisis vincular.

TRAUMATISMO SOCIAL
pertenencia a un contexto, a un espacio en tanto término teórico.
Este término viene a descolocar el concepto de identidad de sí mismo en la medida en que, como acabo de mencionar, la subjetividad se construye en cada momento y en cada conjunto pudiéndose considerar que no habría un sí mismo válido para la vincularidad.
Y si bien por este mismo camino va siendo necesario revisar varios conceptos psicoanalíticos ya consagrados, en este trabajo me ocuparé especialmente de volver a pensar la memoria diferenciando una memoria singular de una memoria social.
Luego relacionaré sentimiento de pertenencia y memoria. He elegido abordar estas cuestiones relacionando la memoria social con el sentimiento de pertenencia a fin de indagar cómo transformar una memoria que sólo lleva a la repetición y a la congelación de una estructura vincular, en una memoria activa que instaure un olvido necesario e inevitable. Asimismo reconocer
como diversos tipos de memoria conservan una cualidad estimulante para la transformación constructiva de marcas originadas a partir de los genocidios-catástrofes sociales que continúan produciéndose en nuestro mundo actual. Son hoy ya frecuentes los encuentros científicos organizados en torno a las
cuestiones que plantean la memoria social de los genocidios, tal vez ello sea una evolución natural en el camino de la elaboración de estas cuestiones.
Los traumatismos sociales productos de diferentes violencias van ocupando un lugar en la literatura psicoanalítica. Doy valor al hecho que hoy es factible leer textos donde investigadores de diferentes nacionalidades y pertenencia proponen conceptualizaciones interesantes. Ello permite compartir, elaborar e intentar comprender un poco más lo que sucede en diferentes continentes
y en nombre de diferentes ideologías y creencias. Pareciera que quienes nos ocupamos de estas experiencias hemos adquirido un lenguaje común en el intento de construir una teoría para comprender lo que comporta la violencia social y la violencia de Estado. Ello me hace suponer que estamos comenzando a construir un modelo para pensar este tipo de problemas, lo que
significa encontrar nuevas dimensiones para el mundo psíquico y diferenciar realidades subjetivantes (Puget, 1955). Parte de este trabajo fue leído en un Coloquio Interinstitucional de la Asociación Argentina de Epistemología y Psicoanálisis en colaboración con Julia Braun

En América  del Sur nos hemos ocupado intensamente de la violencia de
Estado, de sus efectos, de la violencia social bajo diferentes formas alienantes y transgresivas, de las perturbaciones debidas a la corrupción social a la que hemos considerado en parte como uno de los efectos de la dictadura argentina de los años 76 a 82, de los “duelos especiales” como hemos llamado aquellos duelos que debieron realizar las familias de los desaparecidos, de la transmisión transgeneracional en lo que concierne a las familias y las instituciones, etc. Y hoy es posible estudiar otras formas de violencia social como lo son las derivadas de las economías neoliberales.
Deseo dejar en claro que hablar de traumatismos sociales o sea de algún tipo de violencia social, no autoriza a transferir estas conceptualizaciones para entender la violencia familiar o las autoagresiones. Cada una tiene su ámbito, sus referentes, sus propias marcas.

TRAUMATISMO SOCIAL

Un traumatismo es traumatismo social cuando un evento, al afectar a un conjunto introduce imperativamente una interrupción en las modalidades de intercambio y propone modalidades subjetivas que sólo cobran significado en función del evento. El conjunto como tal podía no existir previamente o si existía no había sido constituido sobre esta base. El evento traumático exige nuevas prácticas acordes al evento e impone “un hacer” en función de algo que tiene que ver con lo imprevisto. El conjunto súbitamente sufre una desorganización o por el contrario se fija (congela). El evento impone una significación monosémica que obstaculiza tanto la simbolización como un cierto tipo de complejidad de la vincularidad. Al introducir bruscamente un estado inesperado que se torna imposible de ser pensado con otro nivel
de abstracción (traumática), el conjunto habrá de adquirir conciencia que la posición subjetiva de pertenencia se puede perder, siéndole impuesta otra. El real del evento cubre momentáneamente el campo a manera de una invasión.  No es posible aquí enumerar la numerosa bibliografía ya existente pues correría el riesgo de dejar de lado aportes importantes.
Si bien cada vínculo crea un sujeto y le confirma una dada pertenencia, algunas experiencias compartidas obligan o permiten reformular las bases
de nuevas pertenencias o, en caso contrario, destruyen las existentes. Habrá una diferencia entre las dificultades en la reformulación de pautas vinculantes dentro de la vida de un conjunto y las dificultades y obstáculos surgidos a raíz de un evento traumático. En este caso, el sujeto social pierde la coherencia
de su pertenencia al conjunto o por el contrario la refuerza defensivamente confundiendo a veces subjetividad social y subjetividad singular. Hay una exigencia de compartir sobre la base de semejanza de sufrimiento que excluye el trabajo sobre la diferencia radical de donde se pierde la riqueza que proviene del trabajo sobre alteridad y ajenidad. Un conjunto obtiene su potencialidad vinculante de la multiplicidad de significados provenientes
de la diferencia entre cada uno de los miembros del conjunto. En el caso de un traumatismo social el conjunto pierde una determinada potencialidad vinculante y sólo la recupera cuando a partir de dicho evento puede inventar nuevas maneras de pensar y nombrar lo sucedido y hacer algo a partir de dicho evento.
El poder nombrar es ya el inicio de un trabajo de simbolización. En este caso habrá pasaje de memoria traumática a memoria activa. Es frecuente que se fijen (estereotipen) ciertas modalidades de relación que se apoyan en una inscripción a la que llamo memoria social traumática, memoria que se activa en presencia de otros, reproduciendo, mientras persiste el estado de memoria traumática, el mismo tipo de modalidad vincular y de prácticas.
Entiendo por subjetividad social la particular manera de procesar lo ajeno y la alteridad inherente a toda vincularidad que incluyen un sujeto en un conjunto a fin de reducir su efecto ansiógeno y posibilitar que un conjunto sin forma adquiera sentido. Para ello una selección inconsciente se va produciendo
cuyo fundamento es transformar lo inasible en asible y cognoscible e intentar socializarse sobre la base de semejanzas. Vincularidad social es entendida como el espacio virtual en el cual el sujeto constituye su subjetividad inconsciente por un lado sufriendo una imposición inconsciente y, por otro, adoptando selectivamente una información, registrando datos, adhiriendo a
tradiciones, haciéndose cargo de mitos, modas que determinan prácticas que comparte con otros y le permiten sentir que tiene y construye un lugar.

Los traumatismos sociales producen, como ya lo mencioné, nuevos conjuntos o por el contrario disuelven los existentes. Es probable que el poder pensar y trabajar esta dinámica ayude a que la historia no se repita, siempre que los sujetos puedan encontrar modalidades de trabajo y de elaboración en el interior mismo del grupo y los psicoanalistas sean capaces de diferenciar perturbaciones provenientes de diferentes aspectos de la constitución de
subjetividades. Y ya que es posible pensar que las inscripciones de los traumas llamados sociales ocupan un lugar en la memoria singular y en la memoria colectiva, su transformación debe ser resultado de un trabajo tanto al nivel de lo singular como de lo vincular, y en este caso particular de los vínculos sociales. Esta formulación implica que nuestro trabajo como psicoanalistas con cualquier paciente debiera incluir la comprensión de las bases de una dada vincularidad. Se tratará de saber cuáles son los significados
referidos a las fantasías y a las actividades derivadas de la pulsión, ubicándose el analista en el sujeto de la transferencia de escenas primitivas, y cuáles son las que provienen del vínculo, donde analista y analizado, en tanto diferente e imponiéndose uno al otro, realizan un trabajo psíquico conjunto donde crean
nuevas inscripciones, realizan prácticas atribuibles al vínculo y de esta manera dan un nuevo sentido a la historia.

PERTENENCIA A OTRO Y PERTENECER A UNA CONFIGURACION:
POSESION Y REFERENCIA

El concepto de pertenencia delimita un campo que se constituye en la relación con otros a partir de la necesidad de poseer lo ajeno y así confirmar una de las vertientes del sentimiento de pertenencia o la necesidad de encontrar o inventar razones y motivos para vincularse a otro o a un espacio, sobre la base de un referente (idea-ideal). De esta manera el sujeto intenta inconscientemente reducir los efectos inquietantes de la ajenidadalteridad
anulándola o disminuyendo el malestar que de él irrumpe, así como realizar el deseo-necesidad de fijar un espacioescena mediante el cual disminuir la angustia proveniente de la vivencia de inestabilidad inherente a la vida.
La posesión referida a la pertenencia social se diferencia de la que puede ser pensada desde la llamada pulsión de dominio, del  deseo edípico de poseer al padre del sexo opuesto en la medida en que estos últimos confirman sólo la identidad y pertenencia a la estructura familiar y no hacen a la subjetividad social.
Considero entonces dos vertientes intervinientes para la constitución del pertenecer: una de ellas conlleva el formar parte de un conjunto y la otra el apoderarse de (apropiarse de un lugar),lo que se manifiesta como “me pertenece” (un territorio, un grupo). El saberse perteneciente proviene de una investidura referencial de una idea, un pensamiento, un objetivo al imaginarlo
Compartido. Podría ser pensado como un ideal pero tal vez, retomando un concepto planteado por Piera Aulagnier, haya que ir instaurando otro término. Aulagnier creó el de Ideal social ypor ahora sugiero el de Referente Social. Mientras que el afirmarsemediante la posesión de algo (sea éste un lugar u otro, un conjunto) pone el acento sobre cierta acción concreta y encierra
una ilusión monopólica así como crea exterioridad y límites. El uno va hacia el otro, sea éste un otro o un espacio, y el segundo va hacia sí mismo al hacer suyo lo ajeno: dos inscripciones que vinculan al conjunto de manera diferente. Es frecuente confundir lo posesivo íntimamente relacionado con una representación espacial y lo referencial que sería del orden de una abstracción.
Se trata de dos modalidades simbólicas.
Posesivo y referencial son dos modalidades de la pertenencia y necesariamente deben articularse. Veamos lo que sucede, cuando no se articulan como ocurre para los pueblos que no poseen territorio y sólo tienen una pertenencia referencial. Por ejemplo, durante largos años el pueblo judío fue un pueblo sin territorio, si bien tenía una pertenencia referencial podríamos decir a “Un Libro”. Santiago Kovadloff dice con justeza que hoy el pueblo judío debiera ocuparse más de su territorio, de su Estado que del
“Libro”, dado que –por otra parte– a este Libro ya lo olvidaron hace mucho. Es verdad que un pueblo sin territorio debe sobreinvestir lo referencial a un Libro Sagrado, aquel que toma el lugar de la memoria social. Pero un territorio sin referencia a una idea o un libro es un territorio vacío. Entonces, cómo se confirma una pertenencia si como la pienso es siempre efímera y por lo tanto no tendría inscripción definitiva. Tal vez lo que es capaz de confirmarla lleva a jerarquizar el recuerdo y la actualización de una vivencia compartida, la que ocupa el lugar de memoria social dejando de tener valor confirmatorio cuando se pierde la posibilidad de compartirla. Las inscripciones deben renovarse para no perder su fuerza estructurante y dicha fuerza proviene de prácticas sociales que transforman las inscripciones inconscientes en memoria activa (activadoras de transformaciones).
Un paciente experimentó un gran malestar cuando se dio cuenta que un lugar donde solía concurrir desde hacía muchos años y al cual sentía suyo y de algunos otros privilegiados empezó a ser visitado por turistas que le fueron cambiando su carácter. El saber que ese lugar era mirado por otros con otros
valores despojó el compartir de su fuerza vinculante.
Algunos grupos se fundan sobre la propiedad común y crean luego su pertenencia referencial, mientras que otros se fundan sobre lo referencial, una idea, una teoría, un ideal, etc., y fijan ulteriormente un territorio. Los primeros tienen probablemente más fuerza que aquellos agrupados sólo para poseer un territorio, pese a que estos últimos intenten dar una cualidad referencial a
la posesión. Por ejemplo los grupos militantes políticos, cuya fuerza proviene de lo referencial conservan su fuerza mientras sus miembros piensan poder sostener un ideal común (referencial).
Sin embargo y dado que la vida de los grupos es siempre efímera, lo referencial introduce un elemento perturbador acorde con la problemática del grupo ya que los múltiples significados que el grupo atribuye al referente ponen en juego aquello incompatible asociado a la ajenidad. Ello podría explicar en parte la ferocidad de ciertas luchas institucionales cuando la diferencia irrumpe con una cualidad de insoportable impidiendo la realización
de un trabajo sobre dicha diferencia. Parecería que estos grupos son concebidos sobre la renegación o desmentida de la diferencia, salvo en su condición de complementariedad y de semejanza, lo que en realidad no implica un verdadero trabajo sobre la diferencia.
Y por fin quisiera dejar claro que cuando me refiero a territorio, si bien pueda tener un referente empírico, deseo significar una noción de espacialidad excluyente creadora de escenas donde los lugares ocupados irán armando tramas. Un territorio es único y su posesión se mantiene ejerciendo una soberanía sobre él y una relación entre excluido e incluidos. Esa espacialidad es necesariamente compartida. No la considero proyección del esquema
corporal, siendo necesario crear una categoría de espacialidad que proviene de la constitución de los grupos sobre la base de fronteras, con clivajes propios de permitido-prohibido, posibleimposible.

LO REFERENCIAL Y LO POSESIVO EN LA CONSTITUCION DE VINCULOS

En la medida en la que vengo empleando el concepto de vínculo y pertenencia con una significación que tiene alguna especificidad, propondré una hipótesis según la cual pienso que los vínculos son un compuesto (Puget, 1999) a manera de diferentes estados-organizaciones. Dichos estados son pensados cada uno como nuevas inscripciones superpuestas sin articularse entre
ellos. He sugerido que una organización resulta de la significación dada a la presencia de dos o más sujetos teniendo sólo entre ellos una relación espacio-temporal. Se trata de la experiencia de estar con otro y tener un lugar en el conjunto, algo como ir estando-siendo con otro sin que haya una razón específica para estar o ser con ese otro. Es la experiencia mínima necesaria
basada en la consciencia de otredad al ocupar un lugar que cobra sentido por efecto de la presencia-imposición, base de todo vínculo. De este estado de vínculo de facto se obtiene una inscripción del orden de la ocupación territorial. Es el germen de una posible constitución subjetivante pero no por ello significa que el espacio entre-dos tenga ya una función activa vinculante.
Sin abandonar este estado y debido a la dificultad de soportar no tener-estar en un espacio físico estable y reconocible, se implementa una acción, la de fijar un territorio con otros. A esta modalidad la he llamado “de asentamiento”. De ahí se obtiene la ilusión que ese territorio existe porque hay una razón para ocuparlo con ese o con esos otros. Una investidura referencial será necesaria para justificar la ocupación del territorio . La pertenencia deviene territorial y referencial, y en este proceso el sentimiento de pertenencia se consolida instaurando así una defensa contra la angustia de la no-razón de ser, fijando lugares, límites entre un afuera y un adentro. De ahí surgen los organizadores basados en razones que consolidan las pertenencias. Un sistema precario de reglas rige la vida de la comunidad. Un referente empírico es, por ejemplo, el peso que tiene para un sujeto el instalarse en un espacio o tomar posesión de aquél en base a marcas visibles, concretas.
La angustia de la no-razón de ser de la situación continúa teniendo efecto y obliga a renovar las razones para explicar (algo así como atrapar lo por siempre ajeno) el estar en el conjunto, el compartir con otros un territorio, y es entonces cuando lo referencial se torna el eje fundamental y se articula con lo territorial por lo cual se multiplican razones que confirman la vincularidad. Se
constituyen entonces los vínculos de derecho. En ellos pareciera que hay algo que ya no se cuestiona, de alguna manera denegando lo efímero de la pertenencia. Para ello las razones deben renovarse sin cesar pues pierden rápidamente su cualidad de dadoras de pertenencia. El estado de facto está siempre ahí, amenazante y amenazando la función vinculante, basada en el reconocimiento inconsciente de lo incompartible y de la emergencia de lo imprevisible inherente a toda relación que es una amenaza a la exigencia
de fijeza.
La pertenencia así pensada tiene un peso específico y conforma una de las vertientes de la subjetividad, contiene una representación territorial y otra referencial. Estos dos aspectos actúan siempre y según el tipo de combinaciones a las cuales dan lugar será posible comprender algunos funcionamientos psíquicos en la dinámica vincular. Y en lo que concierne a la memoria social, o sea a la inscripción de eventos que conforman la pertenencia, habrá que saber reconocer cuándo el recuerdo-olvido, que inscribe en una determinada época, en una historia, en un grupo, se confirma sobre la base de lo referencial o de lo territorial.

MEMORIA Y LITERATURA PSICOANALITICA

Freud construyó su modelo de aparato psíquico y sus reglas de funcionamiento basándose, en parte, sobre el descubrimiento de ciertos aspectos de la memoria y por ende de la inscripción inconsciente de recuerdos ligados a diferentes escenas de la vida de un sujeto. Estas escenas, de las cuales conservó un recuerdo inconsciente, le permitieron comprender un síntoma actual y transformó la memoria en concepto psicoanalítico. A lo largo de su obra, la memoria así concebida, le fue útil para estudiar la constitución del aparato psíquico, las vicisitudes del tratamiento pensado como un proceso que consistía en llenar lagunas mnémicas y reconstituir los eslabones “olvidados”, o cuando partiendo del olvido y del trabajo de duelo, imaginó magníficamente la diferencia entre “Recordar, Repetir y Elaborar”. Luego incluyó una memoria arcaica, social y cultural para explicar cuestiones
atinentes a fenómenos socio-culturales.
Si bien todas estas cuestiones responden a muchos misterios relativos a lo que sucede en un aparato psíquico individual, esta manera de planteárselas no cubre lo vincular. Freud en muchos de sus escritos intenta relacionar psicología colectiva y psicología individual, llegando desde mi enfoque a planteos reduccionistas que si bien no disminuyen el valor de sus esfuerzos, no dan cuenta de la insuficiencia de ciertos planteos.
En Moisés y el Monoteísmo, y después de un largo recorrido, Freud fue llevado a pensar que el conjunto, es decir donde se genera lo social, puede recuperar los datos de la memoria y aportar nuevas significaciones capaces de inscribirse en la historia. También puede perderlas para siempre, hasta el momento en el cual reaparecen bajo forma de mitos, reminiscencias, síntomas,
etc. En este texto Freud intenta articular la historia individual y la historia de las sociedades introduciendo el concepto de transmisión, concepto que va cobrando en nuestros días cada vez más importancia para el estudio de los efectos paralizantes e inhibidores de nuevas significaciones y organizaciones vinculares y se transmite como modalidades sostenidas por valores tanáticos.
Es probable que las investigaciones de Freud hayan abierto la puerta de la historia de las sociedades y ahora nos toca continuar en ese camino: pareciera que el camino que ofrece lo vincular en su forma inter y transubjetiva puede ser promisorio. Ello implica, entre otras cosas tener en mente que el sujeto no solo surge del mundo de sus progenitores, sino también del contexto, del conjunto, que su constitución subjetiva no se origina sólo en lo que tradicionalmente podría llamarse su mundo familiar sino también en un conjunto que para más, lo constituye a pesar o independientemente de sus primeras relaciones de objeto. Esta última afirmación es osada; sin embargo me permite concebir que las producciones psíquicas provenientes de la realidad dependiente de las circunstancias de la vida en sociedad, de nuestra inscripción en tanto sujeto social, no tienen el mismo origen que nuestra inscripción en tanto hijo inscripto en la estructura familiar.
La cuestión de la memoria, ubicada en el contexto de lo social, conserva la función de registrar, retener y reproducir hechos y acontecimientos pasados tanto propios al sujeto como extraños a él y a su historia singular, y aquello extraño habrá de inscribirse en un espacio virtual. La memoria desempeña funciones diversas y en este contexto recalco la función de congelar un estado o por otro lado de activar las funciones tanto evocativa, elaborativa como creativa posibilitando que los conjuntos encuentren nuevas formas de olvido y recuerdo. El olvido y el recuerdo exigen acciones de parte de la comunidad, acciones públicas a partir de las cuales se organizarán diferentes modalidades de memoria. La memoria social remite a un antes donde se confirma el
pertenecer y se delimitan contextos significativos que pueden evocarse a través de relatos, escritos, prácticas, etc. Los términos empleados por los pacientes durante una sesión son en algún aspecto una producción de su memoria social mediante los cuales expresan el deseo que participemos de su adhesión a un contexto más amplio al cual imaginan fuera de todo cuestionamiento. Se trata de un hablar que vehiculiza una seguridad absoluta e incontestable en lo que concierne a la veracidad de los hechos. Es un
dicho que pasa desapercibido, está incluido en otro relato, es mencionado como al pasar y muchas veces para hablar de otra cosa. Si bien la memoria social da cuenta del registro parcial y selectivo de una realidad, también permite conocer los eventos en torno a los cuales un conjunto se forma o se ha formado. Una inscripción social comparte siempre un mínimo de factor común entre los miembros de dicho conjunto, sea por el lenguaje empleado,
por el mito compartido o por la adopción de ciertas costumbres, etc. Este compartir de facto proviene del hecho que la realidad social se impone más allá de toda voluntad singular en función de cuestiones de poder, de la fuerza de valores dominantes en el curso de cada período histórico, y el conjunto administra esta imposición de acuerdo con su tolerancia para absorber o
incorporar los signos de la cultura y los términos del discurso.
Esta administración protege contra los vaivenes que podrían constituirse en atentado a la estabilidad del conjunto. Pero sucede que, pese a que aparentemente un acontecimiento traumático pueda desequilibrar una organización territorial y referencial, en la medida en la que es compartido por el conjunto, también tiene la cualidad de confirmarlo. Es ahí donde la memoria traumàtica puede generar una adhesión sin trabajo elaborativo o, por el contrario, dar origen a una memoria activa a partir de la cual se generan producciones simbólicas que permitirán en sus diversas formas la realización de un trabajo de transformación. Ello podrá suceder si el contexto no se fija en la pura denuncia y repetición, sino por el contrario evoluciona hacia un trabajo creativo realizado por el conjunto, encontrando así el medio para elaborar
nuevas modalidades de recuerdos. Estas modalidades, pese a conservar la marca del trauma sufrido, del cierre que imponen, abren al trabajo de pensamiento que llevará a que una historia no se repita. Mientras que la memoria que es pura fijación de la experiencia propone al conjunto un anquilosamiento en la producción de nuevas significaciones y modalidades de intercambio.

INSCRIPCION EXTRATERRITORIAL

Es habitual pensar que memoria equivale a una marca inscripta en el aparato psíquico, al cual hemos tomado la costumbre de imaginar como teniendo una interioridad y parecería una herejía conceptualizar una memoria inscripta en un espacio extraterritorial virtual sólo cognoscible por sus efectos, los que son activados a partir del vínculo social. Parece aun más herejía suponer que dicha memoria sólo se activa dentro de un conjunto constituyendo la subjetividad social que proviene del estar y pertenecer al conjunto.
¿Por qué es tan difícil concebir las cosas de esta manera? Una explicación podría provenir del hecho que nos hemos acostumbrado a establecer una relación entre percepción y memoria, en vez de poderla pensar ligada a la significación (Puget, 1988). Otra explicación es que nos es difícil, como lo he venido diciendo incorporar conceptualizaciones donde subjetividad social, subjetividad vincular y subjetividad singular tengan cada una su
derrotero.
Relacionar memoria social y modalidades de olvido lleva a pensar que toda sociedad instituye modalidades de protección yolvido colectivo debido a las circunstancias sociales dominantes y constituye sus formas de memoria. Algunas de estas modalidades son los monumentos, memoriales y conmemoraciones, la designación de algunos personajes portadores del recuerdo facilitando así al conjunto el instalar el olvido colectivo, diferentes
tipos de testimonios, etc. Pero en todos los casos la memoria social de eventos traumáticos tiene algún tipo de inscripción tales como pueden ser emblemas, monumentos, representaciones concretas-simbólicas. De esta manera una inscripción virtual adquiere forma y posibilita que se instale el juego entre recuerdo, olvido y la producción de una historia. Parto del supuesto que de
no existir estas representaciones se instauran representaciones negativas cuando la desmentida del conjunto propone o un no hablar sistemático o alguna representación festiva que debiera recubrir lo siniestro. En este mismo sentido vale la omisión de cierta parte de la historia, cuyo síntoma puede ser dificultades de aprendizaje incomprensibles desde la vertiente evolutiva de un
sujeto, etc.

ABUSOS EPISTEMOLOGICOS

A fin de dar un paso más y enfrentar los numerosos problemas que ofrecen estas cuestiones comenzaré enumerando algunas zonas problemáticas que hacen obstáculo cuando se desea formular una teoría psicoanalítica en la cual la memoria social puede ser pensada como una inscripción extraterritorial o virtual, ocupando un lugar en un espacio construido entre varios sujetos.
En la mayoría de los textos donde se toma en cuenta el lugar, la forma y la función de la memoria, sea ésta singular o colectiva y sus diferentes vicisitudes, parecería que el espacio transubjetivo es pensado en tanto prolongación del espacio singular. Ello equivale a considerarlo como una suerte de resultante a la cual se llega a partir de transformaciones sucesivas basadas en las diversas posibilidades de las cuales dispone un sujeto humano, para ir poco a poco tomando contacto con su entorno. Esta concepción
torna el espacio transubjetivo como un derivado de la relación parental o de las primeras relaciones de objeto. Habría un origen según el cual el contexto social y sus significantes penetran desde el Superyó de los padres al Superyó del infans, luego una evolución y la representación social es entonces una de las posibles transformaciones de la conexión progresiva con el entorno. Así el
maestro es el sustituto de las imagos parentales. De ser así, la memoria social es una prolongación-expresión de la memoria singular. Este tipo de metaforización en muchas ocasiones da lugar a aberraciones interpretativas siendo origen de malostentendidos, distorsiones, limitaciones, cuyos efectos pueden ser altamente perturbadores. Entiendo por aberración interpretativa,
por ejemplo, tanto el no escuchar ni saber observar cierto tipo de material, como remitir toda mención a personajes o situaciones que hacen a la subjetividad social a cuestiones pulsionales y considerar que dichos personajes representan, de una manera u otra, las primeras imagos infantiles. Es así como podría ocurrir que un material donde se menciona un dictador o un jefe de estado remita sistemáticamente al padre arcaico y que las participaciones activas en la vida social puedan ser comprendidas como una
confrontación hijo-padre o como la necesidad de reparar-destruir un objeto interno. Otra situación problemática es el confundir valores sobre los cuales se basa lo “social” con valores sobre los cuales se basa “lo familiar”. Una de las consecuencias nefastas de esta manera de plantearse el problema es la creación de un sujeto aislado, narcisista y omnipotente, el que, como ya ocurrió en muchas ocasiones, termina por no interrogarse acerca de su
manera de pertenecer al contexto social y confunde su ser sujeto de la estructura familiar con su ser sujeto de la estructura social.
Los psicoanalistas han sido acusados a menudo por su falta de sensibilidad al material que les aportan sus pacientes concernientes a cuestiones de orden político, y ello se debe sin duda a la necesidad de refugiarse en un mundo que les evita el malestar de saberse dependientes de acontecimientos que no están a su alcance controlar, prever, ni explicar. El terror de los psicoanalistas ante la posibilidad de ser echados del establishment si hacen ingresar en su marco referencial el contexto o nuevas subjetividades, los lleva a excluir de su escucha gran parte del mundo. Pero tengamos en cuenta que incluirlo lleva a tener que definir lo que entendemos por ocupar un lugar en un contexto, pertenecer a él a partir de parámetros ideológicos, políticos, éticos, donde
prevalecen funcionamientos societarios. También implica tener la posibilidad de inferir la subjetividad social inconsciente de nuestros pacientes con la misma facilidad con la cual hoy día creemos poder inferir modalidades primitivas de funcionamiento ligadas al Edipo temprano y a las primeras relaciones objetales.
Desde estos planteos y volviendo al tema de la memoria, se revela necesario establecer que la memoria singular y la memoria social tienen orígenes separados, cada uno con su sistema de inscripción, su modo de expresión y su lugar, y de cada una de estas dos memorias surgirán diferentes prácticas: la memoria singular es autoengendrada, la memoria vincular sólo se activa
en presencia de otro u otros. La capacidad evocativa de un vínculo proviene de las presencias mutuas que crea un espacio virtual donde ciertos recuerdos y no otros aparecen. Tal vez a ello se deba que los psicoanalistas recuerden datos de sus pacientes cuando están en contacto con ellos y que los grupos tengan placer en rememorar eventos significativos que le confirman su pertenencia y la constitución como grupo. Es entonces nuestra tarea descubrir los indicadores de las marcas sociales, base de la vincularidad, en el material de una sesión de un análisis, tanto en el encuadre de análisis individual, de análisis de pareja, de familia o de grupo.
Por ahora plantearé más preguntas que respuestas. ¿Cómo articular y establecer la diferencia entre historización de las marcas sociales e historización de las marcas singulares? En consecuencia ¿cómo detectar en el material de los pacientes lo que proviene del efecto de lo inconsciente del vínculo transubjetivo, que no concierne su propia historia singular, sino de su pertenencia a ese conjunto? ¿Cómo saber reconocer cuando el sujeto participa activamente de una historia que va más allá de él mismo y lo atraviesa
inconscientemente, y cuando es tan sólo el receptor de una historia de la cual devendrá portador pese a él? ¿Cómo discernir lo que representa ser activamente creador de un hecho social, el que se impondrá a otros, o ser portador de un acontecimiento que le es impuesto, siendo imposible a veces
transformar sus efectos? En los dos casos hay efectos de producción vincular y efecto vinculante, pero en cada uno de ellos el juego de imposición de ajenidad da origen a producciones psíquicas diferentes.
Como primera aproximación resulta útil estar atento en el  material de una sesión a aquellos términos empleados que remiten a valores que dan cuenta de la modalidad de pertenencia a un determinado conjunto, como por ejemplo la mención en el curso del discurso a diferencias de clase social, el lugar del dinero y de las realizaciones ligadas a lo económico, educación, religión,
costumbres, posición política, etc. En cualquier material estas referencias a distintas estructuras vinculares dentro de las cuales el sujeto construye su posición subjetiva son permanentes.
Una hipótesis es que la memoria social traumática se constituye en un conjunto donde quedan marcas que remiten a un no hablado, no sólo porque el lenguaje sería incapaz de aprehenderlo sino por los pactos inconscientes entre los miembros del conjunto. Un indicador son las formas estereotipadas sin capacidad creativa que el sujeto repite para fundar modalidades de intercambio. Allí se infiltra la tendencia a la repetición que induce en algunas ocasiones la transmisión sin deformación de escenificaciones construidas en base a eventos traumáticos. Lo que se transmite es un “no-trabajo” compartido, algo así como pura singularidad, “un agujero” o una trama congelada que se inviste de una cualidad siniestra en el espacio vincular. El evento compartido produce una no-historia vincular y fija la historia en
un determinado evento. Algunas veces crea más memoria singular que memoria vincular y lo singular se torna resistencial para lo vincular.
Descubrir y poner en palabras aquellos acontecimientos significantes que se alojan en la memoria y se manifiestan deformados a través del lenguaje, mitos, tradiciones, etc., forma parte del trabajo de historización que debe realizar el conjunto y que el psicoanalista debe poder pensar con sus analizados. Recordemos que un sujeto y un grupo están “condenados” a
inscribir, como lo hubiera podido decir Piera Aulagnier, pero para que dicha inscripción pueda ser eficaz en lo que concierne a su dimensión problemática, debe provenir de una producción conjunta que inscribe más subjetividad social. Por otra parte, toda marca, sea ésta privada-singular o pública-social es susceptible de una doble inscripción: aquella correspondiente a la singularidad de un sujeto y aquella correspondiente al vínculo, sea éste familiar o social.

CUESTIONES CLINICAS: LUGARES DE PRACTICAS SOCIALES. MEMORIA FORZADA. LO NO DICHO

Me ocuparé de algunas situaciones clínicas a partir de las cuales, si bien tal vez parezcan demasiado lineales, puedan relacionarse con cuestiones relativas a pertenencia y memoria social.
Una situación clínica es la que nos ofrece las perturbaciones provenientes de la inestabilidad laboral. Esto es uno de los efectos de una cierta violencia social ejercida en nombre de prácticas económicas neoliberales, las que transforman al sujeto en sujeto descartable cuando abruptamente queda excluido de la red construida sobre la base del trabajo realizado: repentinamente un sujeto se transforma en objeto al cual ya no se necesita. El
temor-terror de dejar de ocupar el lugar que se construye desde el saberse activamente partícipe del contexto en base a la producción de trabajo proviene de una inscripción inconsciente que hace a la subjetividad social según la cual es posible ser considerado no sujeto. Esta marca se inscribió en la mente hace unos veinte años y produce efectos tales como ser llevado a aceptar cualquier
cosa6 para evitar sufrir la angustia de exclusión. Otro efecto lleva a un sujeto a instalarse en excluido-incluido, algunas veces protegido por leyes sociales que lo mantiene excluido-incluido, quedando encerrado en este estado, el de desempleado. En esta condición se ponen fácilmente en actividad comportamientos transgresivos o alienantes que tendrían por finalidad intentar
“conservar a cualquier precio” un lugar en la estructura social así como el status de desocupado. Este tema y la angustia consiguiente circula hoy en día en el material de los pacientes. Las cuestiones ligadas a la pertenencia también pueden ser analizadas a partir de los problemas psíquicos suscitados a raíz
de emigraciones o simplemente de migraciones, aun en una misma ciudad o país, donde el acento se pondrá en la calidad.  Ello por supuesto no puede ser pensado con hipótesis que ubicarían esa adaptación a cualquier cosa dentro de la puesta en actividad de mecanismos sado-masoquistas. Se requieren hipótesis que tengan en cuenta que la construcción de una pertenencia pasa por otros ejes.
Caracter espacial-territorial de la pertenencia. Las emigraciones forzadas por razones políticas, lo que en la mayoría de los casos significa sin posibilidad de retorno inmediato o definitivo en el país de origen, llevan a pensar en la existencia de una marca primitiva cuya fuerza se reactiva en dichos momentos. Esta marca es la que determina la ocupación de un espacio dentro de una escena, o sea en un espacio compartido con otros: el ir estando diferenciándolo del ir siendo. El desarraigo (algo así como perder un lugar en una escena o aquellos relatos que le dan sentido) se torna una lesión al componente ilusoriamente estable de la pertenencia social dado que la marca primitiva (grupo de facto), al quedar adscripto a un contexto, pierde la fuerza que posibilita la complejización de los modos de pertenecer. La marca primitiva tiene una inercia que imposibilita o dificulta la incorporación de nuevos valores capaces de dar sentido a las nuevas pertenencias. Esa inercia no es ruidosa en condiciones habituales de vida y sólo se manifiesta como obstáculo cuando por algún motivo la discontinuidad interrumpe una ilusión. La vivencia dolorosa de desarraigo forzado, una suerte de arranque de la tierra, se inviste de eterna nostalgia que hace obstáculo para la complejización de las siempre nuevas modalidades de pertenencia. La pertenencia anterior se inscribe entonces como memoria traumática, memoria sin olvido (se
vuelve a una pertenencia sin sentido) que imposibilita o traba el trabajo psíquico necesario. Es memoria traumática para la subjetividad social puesto que lo que se modifica bruscamente es el sentido y significado de un contexto. El recuerdo concentra varias experiencias emocionales: el desarraigo, lo impensado que en este caso es que haya ocurrido algo imposible de ser vivenciado previamente, que lo no cuestionado pueda/deba cuestionarse
y que se quiebre un sentimiento de confianza innato ligado a lo no cuestionable de la pertenencia. Se trata de una lesión en los basamentos de la pertenencia por lo cual arrasa con el potencial creativo de un sujeto. Tal vez a ello se deba que para algunos pacientes emigrados no poder volver a ver-tocar-sentir su país de origen pueda transformarse en un recuerdo que traba el
proceso de memoria activa. Recordar no alcanza y sólo suscita  una evocación nostálgica, sólo valdría reencontrarse “materialmente”con un territorio significativo, cosa ya imposible porque el reencuentro o vuelve a activar la pérdida, o por definición es imposible. La flecha del tiempo no se invierte. Las convicciones y creencias de diferente orden, sean políticas, ideológicas, religiosas y éticas, cobran bruscamente una importancia mayor con el riesgo de ser definitivamente confirmadas o denegadas. El recuerdo traumático no crea olvido, es pura presencia y obstaculiza la construcción de pertenencias diversificadas: lo novedosoextraño sólo introduce sufrimiento. El sufrimiento no proviene de la pérdida de la pertenencia a la estructura familiar, sino de la
excesiva investidura de un contexto primitivo y de la imposibilidad de ocupar un lugar. En algunos casos, se tratará de recrear con otros quienes hayan atravesado experiencias de desarraigos sosteniendo la vincularidad por semejanza. El análisis lleva a tomar conciencia que en la medida en que la subjetividad depende de varios contextos que no se articulan entre sí, lo social es pura ruptura. La memoria social conlleva un saber acerca de las vicisitudes de la pertenencia y el reconocimiento de aquellos eventos que la fueron configurando. Estos son los que pierden significación al no ser ya compartidos a raíz del desarraigo: para los nuevos contextos habrá nuevos eventos, de donde lo que se pierde es un contexto significativo ilusoriamente único donde
confirmar la función subjetivante del sentimiento de pertenencia.
Este último contiene un no-dicho por un lado equiparable a una no-necesidad de decir, no sólo porque no pueda expresarse en palabras sino porque forma parte de aquello que las personas creen, suponen, imaginan fundante de un compartir basado en igualdad o semejanza. No-dicho es tanto inconsciente como del orden de lo pictográfico y es donde se aloja lo inasible de cualquier conjunto. En el curso de una emigración los no-dichos vinculantes pierden su fuerza significativa. Analizar esta experiencia no pasa por la historización reencontrando raíces identificatorias parentales, sino que hay que constituir un nuevo sentido para aquel espacio a partir del cual el sentimiento de pertenencia pueda volver a inscribirse. ¿Cómo historizar aquellas inscripciones vinculadas con olores, colores, tierra, cielo y aire? ¿Trátase de una memoria singular o de una memoria vinculada al contexto, para la cual son necesarias ciertas prácticas? Tanto la emigración como la pérdida de la inserción laboral se conectan con desarraigo y con exclusión de un espacio de una escena considerada incuestionable.
La clínica nos muestra con claridad cuán insuficiente e incluso perturbador es el intentar significar un trauma social relacionándolo con las producciones intrasubjetivas-singulares: equivaldría a ubicar a un sujeto fuera de una historia, la historia vivida en el conjunto, mientras que el incluir el contexto y el lugar que ocupan ciertas prácticas sociales activa un proceso de transformación eficaz de dichas marcas.
Una experiencia de psicoterapia de grupo realizada (Braun, Puget, 1987) con personas que tenían en común haber sido víctimas de la represión política les dio la oportunidad de iniciar una movilización importante sólo posible en este encuadre. El tener un código compartido, reconocer y aceptar conjuntamente
los no-dichos sin por ello adoptar una actitud confesionaria que las pudiera llevar a expresar verbalmente los no-dichos, los que, en este caso, evocaban en cada uno de los miembros del grupo escenas a las cuales ya no era necesario referirse explícitamente, tuvo un efecto vinculante. El valor vinculante de lo no-dicho les permitió construir una nueva escena donde la intimidad violada anteriormente se pudiera reconstruir. La cura grupal facilitó la transformación del registro traumático a través de la historización conjunta. Confirmamos esta observación en otros casos y aun cuando la indicación del encuadre grupal no fuera posible por diferentes razones, el sólo hecho de admitir la insuficiencia del encuadre individual resultó de gran utilidad aunque más no sea para no crear una falsa ilusión en el paciente y, sobre todo, para
dar a la subjetividad social su debido lugar. Ello llevó a no confundir el alcance de las prácticas sociales realizadas por los pacientes e interpretarlas como perteneciendo a un registro diferente que el de las prácticas singulares. Esta simple discriminación fue útil pues algunos pacientes tienen tendencia a imaginar que las prácticas sociales no conciernen a su análisis e incluso
podrían ser consideradas como un acting-out. Ello proviene de una cultura analítica donde se refleja el abuso del punto de vista intrasubjetivo y una idealización de las posibilidades que ofrece un encuadre singular acarreando a veces la creación de graves malentendidos y distorsiones.
Hemos reconocido, como lo han hecho otros autores, que los sobrevivientes de experiencias de campos de concentración y  tortura conservan una “memoria traumática” (singular) que transcurre en silencio y en soledad, que contiene no-dichos, y estos últimos cambian de cualidad cuando se saben compartidos por el conjunto. Estas personas se tornan portadores silenciosos de marcas hasta que un reconocimiento dado posibilita el pasaje de memoria traumática en memoria activa. De no ser así lo no-dicho queda como producción singular y es probable que aparezcan efectos destructores desvinculantes donde la repetición dará su impronta a la transmisión transgeneracional. Otra modalidad de no-dicho proviene de la incapacidad de
seguir absorbiendo lo que en un determinado momento impone el contexto. Es así como en algunos países donde el clima reinante es de alerta latente, de guerra subterránea, de dictadura larvada, parte de la población pierde la posibilidad de absorber las noticias que conllevan una amenaza: por ejemplo hechos violentos de diverso orden; entonces practican conscientemente un tipo de censura que conlleva una desmentida. Algunos jóvenes de un país
en guerra o en alerta permanente comentaban que no podían ya escuchar “todo aquello” y que, cuando los medios de comunicación transmitían noticias concernientes a atentados o acontecimientos desagradables, las borraban poniendo música. Sabían, pero no querían saber más. No se trata de la misma cualidad de renegación o desmentida ejercida por ejemplo por los alemanes
cuando decían ignorar lo que acontecía durante el nazismo. Se trata de un sistema represivo diferente, ejercido por un conjunto que de golpe privilegia ciertos encuentros sociales (bailes, etc.), que si bien lleva en sí el germen de una posible malignidad produciendo a la larga sujetos que evitan el compromiso proveniente de una pertenencia dada, no es comparable con la desmentida durante los genocidios. Esta renegación conserva un elemento
creativo y sublimatorio. ¿Dónde se ubicará todo eso? Eso es lo que tendremos que averiguar nosotros.
Lo no-dicho en algunas ocasiones reforzado por el grupo dominante, que maneja la desmentida de los hechos, induce a un grupo a instaurarse como “víctimas” y de esta manera constituirse en soporte de la memoria: así se constituye una de las formas de lo que hemos llamado la “memoria forzada”. Tal vez ésta sea la diferencia entre esta modalidad y la constitución subjetiva
resultado de la renegación de noticias. En este caso no hay víctimas instituidas por el grupo dominante aunque también podría considerarse que quienes ya no pueden absorber las noticias son potenciales víctimas de una transmisión repetitiva. En la Argentina, los grupos de Derechos Humanos ocuparon el lugar de la memoria forzada donde primero fueron víctimas y luego activas portadores de una memoria activa: las Madres y Abuelasde Plaza de Mayo, así como muchos otros, pero hay que tener en cuenta que al constituirse en memoria forzada se corre siempre el riesgo de sufrir una segregación. Ello, por otra parte, facilita al resto de la sociedad el reforzamiento de la desmentida o el sostén de un conocimiento ambiguo y parcial. Algunos grupos portadores de la memoria forzada son capaces de desarrollar un potencial
creativo (memoria activa) adoptando diversos instrumentos, como por ejemplo organizando rondas, marchas, ceremonias, encuentros, pronunciando discursos, creando música, realizando desfiles de siluetas, de antorchas, exhibiendo fotografías, o realizando cualquier otra manifestación artística así como ocupando lugares importantes en la política del país. La memoria activa ya no es del orden de la pura denuncia y tiene por finalidad transmitir al conjunto social un saber, un conocimiento y ofrecer la posibilidad de elaboración, la que tendrá una nueva impronta en cada conjunto. Para que un conjunto obtenga un reconocimiento social y para que la inscripción pueda comenzar a tener un efecto problemático, un efecto de cuestionamiento, es necesario que los recursos empleados contengan un plus creativo: la mera repetición de frases, slogans y textos no alcanza. Es del poder creativo y de renovación del que se obtiene una respuesta, pudiendo quebrar el mensaje oficial transmitido con un estilo infiltrado de desmentida.

RECORDARSE PARA QUE OTROS OLVIDEN - RECORDARSE PARA
OLVIDAR

Los que han sufrido la experiencia de campos de concentración y han podido comentarla, recuerdan para olvidar y se recuerdan para que otros no olviden, recuerdan para que otros sepan. Primo Levi (1987, pág. 85) dice que escribió como una forma de liberación interior, de testimonio, de elaboración, de
denuncia, para pedir justicia, para llegar a la comprensión de un enigma, de un misterio, el misterio de Alemania, para explicar el antisemitismo, para aceptar a los demás como consuelo y por necesidad.
Primo Levi pudo así expresar de diversas maneras tanto la necesidad de inscripción en un espacio singular, el espacio intrasubjetivo, como en el espacio transubjetivo en el cual las marcas tendrán que producirse. Lo dicho es tanto para él como para los otros y la liberación interior es un comienzo de historización.
Se trata por lo tanto de producir marcas donde no las había, de poner en palabras, de intentar modificar el contexto, para que resulte imposible la reproducción y la repetición de cierto tipo de violencia. Cada contexto, cada conjunto, deberá necesariamente encontrar, crear, sus propios métodos para transformar el contexto, pero también hay un trabajo común a todos del orden de trabajar sobre la memoria y crear una memoria activa.
Cabe reconocer que no todo acontecimiento social traumático tiene una inscripción significativa para la totalidad del conjunto y existe una diferencia entre un acontecimiento traumático social vivido fuera del conjunto y la fuerza de la marca impuesta cuando puede ser hablada al interior del conjunto.

UN EJEMPLO

Un ejemplo podría dar cuenta de lo que propongo. Ello concierne al pasaje de la necesidad de participar activamente en un grupo sostén de la memoria a la necesidad de encontrar otros medios para participar de la memoria activa sin por ello seguir incluido en los grupos de memoria forzada.
Un paciente va a una manifestación, como lo había hecho en muchas ocasiones ya que era su costumbre ir y para él este “hacer” no era cuestionable. Pero ahora y por primera vez, va y se siente mal solo, no porque estuviera realmente solo, dado que había muchos conocidos con quienes había participado en otras manifestaciones, pero simplemente porque no conseguía entrar en armonía con el lugar, con la manera de estar allí con los demás.
No se trataba de una particular dificultad de contacto, la que hubiera podido ser interpretada fácilmente pero erróneamente como referida a rasgos esquizoides o fóbicos, sino que le pasaba algo diferente. Iba y venía, caminaba, intentaba participar con otros en diferentes grupos, con los cánticos, se abrochaba insignias en el traje, pero nada tenía algún sentido para él. Su estar y su modo de participar se habían despojado de sentido, del sentido dado previamente a ese tipo de participación. De golpe sintió que ya no pertenecía a este grupo pero, entonces, ya no pertenecía a nada. Cuando volvió a su casa se encontró con su mujer, le contó lo que le había sucedido y ella le preguntó porqué había ido. Ella no lo había hecho pues ya no sentía la necesidad de compartir esos actos. Ya no lo sentía más. En cambio había preferido ocuparse de otras cosas, como por ejemplo de su casa, su trabajo,
etc. Sin embargo, la idea de no ir más despertaba en él un sentimiento de deslealtad, de falta de solidaridad. Mientras que ir era asistir a funerales que ya no le pertenecían. Aquí, el memorial, cuyo valor referencial para el grupo le había dado pertenencia, se había transformado en un funeral o el significado
denegado aparecía bruscamente. Para su esposa era más importante confirmar su lugar en tanto sujeto social en relación con su trabajo y sus ocupaciones. Mientras que él sabía que aquellos, hasta este momento él mismo con los otros, encargados de conservar la memoria activa son necesarios porque, de no ser así, quienes deberían recordar podrían olvidar, pero, por otra parte,
en lo que a él se refería, seguir planteándose el problema de esta manera le impedía acceder a otro nivel de problematización. La diferencia entre los dos esposos terminó expresándose como malestar y pelea entre ellos. Los reproches se habían instalado. El análisis de los mismos ofrecía varias posibilidades. Si eran pensados como provenientes del vínculo de pareja había que encararlas de una manera y si eran pensados como que en realidad su vínculo estaba sufriendo efectos derivados de un malestar social y probablemente de un conflicto sin solución, necesitaban otra comprensión. ¿Será posible no ir más a una manifestación de este tipo sin que este acto cueste algún precio? ¿Cuántas veces es más fácil derivar el conflicto sobre la pareja en vez de plantearse un problema sin solución? Plantearse el problema como sin solución, problema que hasta ahora había quedado “congelado”
al ir sistemáticamente a todos los actos de conmemoración, abrió la puerta a un estado de confusión y a la necesidad de volver a pensar de qué manera cada uno de ellos construía su sentimiento de pertenencia social y su solidaridad al grupo. Ello los obligó a pensar de qué manera querían o podían hoy participar en este proceso de historización desde otro lugar. De alguna manera se trataba de instaurar nuevas prácticas sociales, las que implicarían
una ruptura con su grupo habitual y una nueva toma de posiciones. Toda ruptura tiene una vertiente traumática sin que por ello implique caos. Las pertenencias se van construyendo y aquellos valores referenciales también cambian de modalidad.

COMO CONCLUSION

Es posible afirmar que las teorías y los dispositivos de los cuales disponemos actualmente no alcanzan para abordar la cuestión de la memoria social. Por ello en lo que concierne al contexto de la cura es nuestro deber devolver al sujeto y al grupo la posibilidad de interrogarse acerca de la constitución de su
sentimiento de pertenencia, pudiendo llevarlo a desplegar nuevas iniciativas, nuevos sostenes, a encontrar nuevos recursos, así como a hacerse cargo de la posibilidad de elegir cómo pertenecer. De esta manera la pertenencia social ya no será una cuestión de hecho y, en consecuencia, remitirá a la problemática de la elección acerca del cómo pertenecer en cada momento y en función
de cada acontecimiento; ello es transformar una lesión en creación.
Ello no sólo vale para la elaboración de traumas sociales, sino también para lo que la cultura impone y nos es transmitido de múltiples maneras, terminando por incorporarse como una amenaza y una restricción inconsciente, lo que da la posibilidad de cuestionarse. Ciertas modalidades tienen que ver con este tipo de limitación, cuando al adoptar una moda (tradición) el sujeto  tiene la ilusión de pertenecer a su grupo, a su época. Estoy aquí empleando un concepto restringido de moda ya que no recubre todos los sentidos posibles de las modas, las que en ciertos casos son una síntesis necesaria, sin por ello ocupar el lugar de una limitación. La abolición de la posibilidad de elegir es mayor cuando las circunstancias inducen el terror, como sucede en los regímenes dictatoriales declarados como tales o latentes.

RESUMEN

Los traumatismos sociales y sus efectos en la subjetividad social y singular representan un desafio teórico-clínico para el psicoanálisis. Se los estudia dando un status teórico al sentimiento de pertenencia relacionándolo con la inscripción de marcas en la memoria social y en la memoria singular. Se delinean algunos obstáculos metapsicológicos que llevan a hacer derivar lo social de lo singular.

SUMMARY
Social traumatisms and their effects in social subjectivity and singular
subjectivity lead to a theoretical and clinical challenge for psychoanalysis.
They have been studied in this paper giving a theoretical
status to the feeling of belonging as related with the inscription of traces
in both social and singular memory. Some metapsychological obstacles
are pointed out in those theories, which propose that the social subjectivity
is derived from the singular subjectivity.
RESUME
Les traumatismes sociaux et l’effet qu’ils peuvent avoir sur la
subjectivité sociale et singulière représentent une épreuve théorique et
clinique pour la Psychanalyse. Pour aborder ce sujet je donne un statut
théorique au sentiment d´appartenance établissant une corrélation
entre celui-ci et la mémoire singulière et la mémoire sociale. Certains
obstacles épistémologiques sont repérés en ce qui concerne l’habitude
de dériver le social du singulier.
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Paraguay 2475
1121 Capital Federal
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