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Marisa Pugès

6/12/13

Desamparo y Acompañamiento Terapéutico

Por Susana Kuras de Mauer y Silvia Resnizk

Fragment del llibre "Territorios del Acompañamiento Terapéutico" (Letra Viva, 2005)



Pese a la diversidad de los campos de aplicación del acompañamiento terapéutico, su denominador común, son las patologías ligadas al desamparo. En reiteradas ocasiones, hemos aludido al desvalimiento como marca definitoria de estados de vulnerabilidad emocional intensa. Cabe aquí una distinción conceptual: el desvalimiento alude a un estado que compromete a un sujeto, es unipersonal, intrapsíquico. En cambio, el desamparo es un término plural, intersubjetivo, habla de alguien que necesita de otro que lo ampare.



En Marzo de 1919, Freud empieza a trabajar en el primer borrador de Más allá del principio del placer. Se trata de una obra en la que Freud discute los conceptos fundamentales de su teoría: pulsión de muerte, repetición, terror, apronte angustioso, masoquismo, son algunos de ellos. En esa misma fecha, termina su artículo sobre lo siniestro. La Primera Guerra Mundial asedia a Europa y, coincidentemente, Freud incluye su conceptualización de la pulsión de muerte.
Encontramos en relación a estos conceptos, puntos de contacto con nuestro modo de pensar los estados de intemperie emocional extrema. También hay en este descubrimiento freudiano de 1920, algunas ideas que se articulan con la propuesta del acompañamiento terapéutico.
Cuando predomina el más allá del principio del placer nos encontramos con verdaderos desafíos psicopatológicos. El acompañamiento terapéutico se inscribe entre las múltiples variantes de “auxilio” asistencial a un semejante que necesita alivio psíquico.

Freud alude y explica la compulsión de repetición como fenómeno manifiesto en la conducta de los niños (juego) y de los adultos, subrayando que esta compulsión es tan poderosa que puede omitir o hacer omitir el principio del placer.
Analiza las neurosis traumáticas, vivencias de angustia, miedo y terror y va “más allá” en su investigación, estudiando el modo de trabajo psíquico propio de los niños en el juego infantil. Freud vinculó entre sí las ideas de compulsión y repetición, para dar cuenta de un proceso (inconsciente) que obliga al sujeto a reproducir en forma repetida actos, ideas, pensamientos que en su origen fueron fuentes de dolor y que con su reaparición vuelven a producir sufrimiento psíquico.
“Es inherente a la condición humana —dice Freud— repetir situaciones afectivas dolorosas…”1. La idea de repetición es una de las dimensiones constitutivas de la noción de inconsciente. La repetición es propia del “suceder psíquico”, pero el atrapamiento en la repetición nos traslada a una dimensión cualitativamente distinta. Es importante destacar la impronta que tiene la compulsión de repetición cuando deviene para el sujeto un destino inexorable. La imposibilidad de escapar del displacer que sobreviene con la repetición, enfrenta al sujeto con un callejón sin salida. “Las puertas que se abren —escribía un paciente en un poema—, dan a puertas cerradas.” Nos referimos a pacientes que viven extraviados de sus propios recursos, descreídos de sí mismos. Castigados por el dolor psíquico y la frustración reiterada y sostenida, van perdiendo con el tiempo la ilusión de poder revertir un destino al que sienten como una condena. El retorno periódico de lo mismo se torna una amenaza.

Se sienten vivir a contrapelo de los aciertos, recluidos inexorablemente en un padecimiento que no da tregua.
Otro concepto clave de esta obra, es aquello que Freud denomina protección antiestímulo, que “opera apartando los estímulos como un envoltorio especial o membrana”2.
Amparo y protección son equivalentes. Si la protección falla, las excitaciones operan sin filtro, y resultan traumáticas. Estamos pues con un “aparato anímico anegado por grandes volúmenes de estímulo”3.
El trabajo psíquico consiste en dominar los estímulos, ligarlos, tramitarlos. Pero, si la intensidad y cantidad de estímulos son excesivas, pueden perforar la protección, alterando considerablemente el funcionamiento psíquico.
La literatura psicoanalítica ha denominado de muchas maneras a esta membrana protectora necesaria para la supervivencia: envoltura psíquica (D. Anzieu), segunda piel (Ester Bick), caparazón protector (Tustin), espacio transicional (Winnicott).


Una dimensión del acompañamiento terapéutico es pues la de funcionar como dispositivo destinado a filtrar en el paciente dosis de estímulos excesivas que no pueden ser metabolizadas. Al mismo tiempo, a través de esta función de borde, el acompañante ayudará al paciente a reconstruir los propios contornos, lesionados y perforados por la falta de protección.
Pero ocurre que, en general, no solo la posibilidad de filtrar está afectada, sino también hay fallas en la capacidad de anticipar. No hay pues “apronte angustioso”, es decir, una señal que permita al sujeto prepararse, atrincherarse para que el estímulo no avasalle con tanta violencia. Dice Freud: “El apronte angustiado con su sobreinvestidura de los sistemas recipientes, constituye la última trinchera de la protección antiestímulo”.4
El esfuerzo psíquico de lucha contra amenazas a la propia estabilidad, produce un empobrecimiento subjetivo cuyos efectos se sienten inevitablemente. Cuando hablamos de patologías de “insuficiencia psíquica” aludimos al estado de fragilidad y debilitamiento que produce esta sobreexigencia para el psiquismo.

Nos referimos a pacientes en guerra casi permanente, atormentados, por momentos descarnadamente conscientes, aunque en otros, parecen vivir anestesiados. Más allá de las edades y más allá de las patologías, padecen un infierno cotidiano.
La falta de libidinización del futuro no es solamente por falta de proyecto. Ocurre que el presente es tan agobiante que los absorbe por completo.
Esto explica también las enormes dificultades que plantean en el sostenimiento de emprendimientos. Hay fallas en la continuidad que los obligan a desertar repetidamente de aquello que inician. Lógicamente, la acumulación de frustración produce un desgaste psíquico que va desesperanzando al sujeto. Vivencias de fracaso e impotencia agobian y dominan con frecuencia. Se genera así un circuito que incide en detrimento de su autoestima, restringiéndolos más aún en el uso de sus recursos vitales.
El solipsismo del retraimiento, la honda desazón del depresivo, la queja sin límite del melancólico, la desconfianza paranoide, encuentran en el acompañante terapéutico una mirada que sostiene, una disposición para el amparo.


* El presente texto es un fragmento del libro Territorios del Acompañamiento Terapéutico, Letra Viva, 2005.
1. Freud Sigmund (1920) Más allá del principio del placer, AE, Tomo XVIII. Buenos Aires.1996
2. Ibídem
3. Ibídem.
4. Ibídem.


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